Por Lic. RAFAEL SUERO
Me duele el alma, como a cualquier dominicano que ama su tierra, ver la cruda realidad que azota a nuestros barrios y sectores, especialmente en mi querida Provincia de Azua. Es una herida abierta, una cicatriz profunda que evidencia el abandono sistemático por parte de aquellos que, por mandato del pueblo y la Constitución, deberían velar por su bienestar. La ausencia de programas sociales efectivos y la indolencia de nuestros » *malos políticos* » han sumido a Azua, sus municipios y sus comunidades, en un abismo de desesperanza.
Aquí, en esta tierra de hombres y mujeres de trabajo incansable, la voz de los olvidados resuena en cada rincón, pero parece que nadie en el poder la escucha. Azua, que tanto ha aportado al desarrollo de nuestra nación, se encuentra abandonada a su suerte, recordada y buscada solo cuando se acerca la contienda electoral. Es en esos momentos cuando los «políticos sin almas» se disfrazan de benefactores, recorriendo las calles, abrazando a los humildes, y ofreciendo migajas –esos míseros 300 pesos– a cambio de su voto. Luego, como sombras que se desvanecen con el sol, desaparecen por cuatro largos años, dejando tras de sí un rastro de promesas rotas y un profundo desprecio por aquellos a quienes juraron servir.
Nuestros jóvenes, el futuro de Azua, se encuentran desprovistos de oportunidades. La falta de acceso a empleos dignos los condena a la inactividad o a la emigración forzada. Mientras tanto, nuestros adultos, hombres y mujeres curtidos por el sol y el esfuerzo, siguen aferrados a la siembra y al trabajo de campo, a «manos peladas», porque el gobierno les ha negado las herramientas y el apoyo necesario para prosperar. La salud, un derecho fundamental, se convierte en un lujo inalcanzable; nuestras gentes mueren por la falta de medicamentos básicos, por la carencia de atenciones médicas adecuadas. Y lo que es aún más lamentable, en una provincia tan extensa como Azua, es incomprensible y doloroso que no contemos con un hospital Traumatológico y Oncológico, equipados y preparados para los tiempos modernos. ¡Es una calamidad que no podemos seguir tolerando!

















