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Por qué seguir en la política a pesar de la decepción?

Por: Rosa Margarita Nuñez Perdomo

La política es un camino lleno de desafíos, sacrificios y, muchas veces, decepciones. Me lo pregunto constantemente y otros también me lo preguntan: ¿por qué sigo? Y la respuesta siempre vuelve al mismo punto: porque creo en el servicio, en el trabajo social, en ayudar a quienes más lo necesitan.

No se trata solo de cargos, de estructuras partidarias o de reconocimiento, sino del impacto que podemos generar en la vida de las personas. Pero, ¿qué pasa cuando te esfuerzas, cuando das todo y sientes que no puedes hacer suficiente? ¿Cuando te comprometes con las personas y las circunstancias te impiden cumplir? Se sufre. Y mucho más cuando has sido formada en valores, cuando el compromiso para ti es sagrado y el trabajo no es una estrategia, sino una vocación.

Duele cuando no valoran lo que haces, cuando en vez de apoyo recibes heridas y cicatrices, cuando das todo por un proyecto y parece que no hay justicia para quienes realmente trabajan. Es fácil, en esos momentos, cuestionarse si vale la pena seguir.

Pero la respuesta, aunque duela, sigue siendo sí. Porque la política no solo es un medio de poder, es una herramienta de transformación. Porque rendirse sería dejar en manos de otros la posibilidad de cambiar lo que hoy nos duele. Porque, aunque a veces las circunstancias sean adversas, siempre habrá una persona que sí valore, una comunidad que sí reciba el impacto, un cambio, por pequeño que sea, que justifique todo el esfuerzo.

Seguir en la política no significa aceptar la injusticia ni conformarse con un sistema imperfecto. Significa luchar desde dentro para mejorarlo. Y aunque el camino sea difícil, prefiero seguir de pie, aprendiendo de las caídas, fortaleciendo mi convicción y recordando siempre que la verdadera política es la que nace del corazón, no de los intereses.

Seguiré, porque mi compromiso es con la gente y con mi partido, el Partido Revolucionario Moderno (PRM). Porque creo en su visión, en su propósito y en la posibilidad de hacer las cosas mejor. Porque el verdadero liderazgo no se mide por los momentos de triunfo, sino por la capacidad de resistir en los momentos de prueba. Y aquí sigo, firme, con la mirada puesta en el futuro y el corazón entregado a la causa en la que creo.

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