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Dignificar al que trabaja también es hacer patria

En el día de ayer, desde nuestra plataforma ContraparT Digital, compartimos una acción que, más allá de lo simbólico, está revestida de sensibilidad y humanidad: la entrega de asientos y herramientas de trabajo a un grupo de limpiabotas del parque. Sí, a esos hombres trabajadores que, con dignidad y humildad, ofrecen un servicio que ha sido parte de la tradición cultural de nuestros pueblos.
Sorprende —aunque no debería— que algunos comentarios en redes sociales estuvieran impregnados de veneno político, intentando empañar un gesto tan elemental como solidario. Otros, con una falsa suavidad, insinuaban que era mejor “darles un nombramiento”, como si no entendieran la profundidad y el valor del trabajo honesto, aunque no se haga detrás de un escritorio.
En lo personal, y como lo he dicho en otras ocasiones, fui limpiabotas durante mi niñez y adolescencia, antes de aprender el oficio de la barbería. Sé bien que no se trata solo de lustrar zapatos, sino de ganarse la vida, de crear una red de confianza y clientela que con el tiempo se convierte en familia. Muchos, cientos, quizá miles de jóvenes, han logrado costear sus estudios gracias a este oficio, alcanzando títulos universitarios y forjando una mejor vida.
Entonces, ¿qué tiene de malo dignificar a quienes nunca han dejado de trabajar? ¿Por qué cuestionar una acción que, lejos del asistencialismo, impulsa el microempleo y reconoce la cultura del esfuerzo? No critiquemos por criticar. Dejemos de cabalgar sobre la ola de la politiquería barata, porque el pueblo no es tonto y sabe reconocer, en su justa dimensión, cuando las cosas se hacen con el corazón.
Por: Robert Estepan

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